Panamá en los Mundiales: La épica de 2018 y el desafío de volver
¿Quién soy? Pues según mi pasaporte, soy Héctor Núñez y según lo vivido, soy periodista y marketero.
En Panamá, el fútbol no siempre fue el deporte que movía al país. Durante décadas, el balón rodó más por pasión que por estructura, más por barrio que por federación. Pero con los años, la Selección — La Marea Roja, los canaleros, el equipo de todos — se convirtió en algo más que once jugadores en una cancha: se convirtió en bandera. En punto de encuentro entre Colón y Chiriquí, entre el interior y la capital, entre el que vive en el extranjero y el que nunca se ha movido de su barrio.
Porque para Panamá, llegar a una Copa del Mundo no era una obligación. Era una misión. Una loma larga, de esas que se suben con los dientes apretados. Una ilusión que se hereda de generación en generación, entre partidos en casa, radios encendidas a medianoche y esa fe tan panameña que no se le va a nadie. Hasta que un día, contra todo pronóstico, el país entero reventó en un solo grito: ¡Panamá al Mundial!
Los primeros pasos: un país que aprendía a competir
La Selección de Panamá arrancó su camino mundialista en los años 70, cuando el fútbol todavía andaba buscando forma en el país. Las eliminatorias eran duras — largos viajes, rivales con más historia y más plata —, y siempre llegaba el mismo resultado: Panamá peleaba, metía, pero se quedaba corto.
En los 80 y 90, el fútbol panameño crecía despacio. No había figuras en ligas grandes, no había estadios de primer nivel, no había nada del otro mundo. Pero había algo que no faltaba nunca: carácter. Y ese carácter empezó a sentirse distinto cuando llegó una generación que cambiaría todo.
La era de la esperanza: de la Copa Oro al sueño mundialista
A inicios de los 2000, Panamá empezó a hacerse respetar en la región. La Copa Oro 2005 fue el punto de quiebre: final histórica ante Estados Unidos, un torneo que puso al país en el mapa y del que la gente todavía habla en cualquier reunión. Luego vinieron más finales, más noches de orgullo, más momentos para sacar pecho.
Jugadores como Blas Pérez, Felipe Baloy, Román Torres, Jaime Penedo, Gabriel Gómez y Luis Tejada formaron una camada que no solo jugaba bien: creía. Creía que Panamá podía plantarse de tú a tú con cualquiera. Creía que el Mundial no era un sueño de otros: era el suyo también
Y esa convicción, poco a poco, se volvió una obsesión compartida. Del jugador al aficionado, de la capital al interior más lejano.
La noche eterna: Panamá clasifica a Rusia 2018
Sin discusión, esa es una de las fechas más importantes en la historia deportiva del país. El Rommel Fernández estaba hasta el tope, y en cada esquina de Panamá — desde Bocas del Toro hasta Darién — se vivía lo mismo. Panamá necesitaba ganar. Y ganó.
Primero, el gol polémico que todavía le sube la presión a más de uno cuando se toca el tema. Luego, el cabezazo de Román Torres — gol de clasificación al Mundial 2018, el capitán, el líder, el símbolo de toda esa generación —, un gol que no solo clasificó a Panamá: lo liberó. Se lo sacó de encima. Ese peso enorme que cargaba desde hacía décadas.
El país explotó. Caravanas, lágrimas, abrazos entre desconocidos, banderas en cada esquina. Nadie quería irse a dormir esa noche. Panamá, por primera vez en su historia, estaba en un Mundial.
Rusia 2018: el debut que valió una vida entera
El 18 de junio de 2018, Panamá debutaba ante Bélgica. El resultado fue derrota 3–0 en debut mundialista, pero eso era lo de menos. Lo que importaba era otra cosa: escuchar el himno en una Copa del Mundo. Ver la bandera en el estadio. Ver a los jugadores con los ojos llorosos. Ver a todo un país sintiéndose parte del planeta fútbol por primera vez.
El segundo partido, ante Inglaterra, dejó una goleada dura — derrota 6–1 ante Inglaterra —, pero también un momento que Panamá nunca va a olvidar: el primer gol en un Mundial, anotado por Felipe Baloy, un veterano que había cargado la camiseta por años con todo el amor del mundo. El país celebró ese gol como si fuera un título. Porque de alguna forma, lo era.
El tercer partido, ante Túnez, cerró la participación con derrota 2–1. Pero Panamá se iba con la frente en alto: había competido, había estado ahí, había dejado su huella en la historia del torneo más grande del mundo.
Rusia 2018 no fue un torneo de procesos. Fue un torneo de significado.
Después del Mundial: reconstrucción, dudas y un nuevo camino
Tras la gloria de 2018, llegó la resaca. Panamá no clasificó a Catar 2022 — pese a un inicio prometedor en la octagonal, el equipo no pudo en los momentos clave y la ilusión se enfriaró. Pero no se apagó.
La llegada de Thomas Christiansen marcó un nuevo proyecto: más orden, más disciplina, más trabajo táctico. Panamá empezó a competir de tú a tú con los grandes de la región. Se llegó a semifinales de Copa Oro, se ganó en Liga de Naciones y surgió una nueva base: Adalberto Carrasquilla, José Luis Rodríguez, Michael Murillo, Aníbal Godoy, Cecilio Waterman y otros que hoy llevan la camiseta con el mismo orgullo de siempre. Y el país volvió a creer… y se clasificó para el Mundial 2026.

Los nombres que marcaron la historia
- Román Torres: el capitán del gol eterno.
- Felipe Baloy: autor del primer gol de Panamá en un Mundial.
- Blas Pérez y Luis Tejada: la dupla que le hizo creer a todo un país que sí se podía.
- Jaime Penedo: el arquero de las noches grandes, de esas en que Panamá aguantó cuando tenía que aguantar.
- Gabriel Gómez: el corazón del mediocampo, años y años dando la cara.
- Adalberto Carrasquilla: la nueva joya, el motor del presente y la apuesta del futuro.
La historia que sigue
Panamá no es una potencia mundial. No tiene títulos, no tiene vitrinas llenas, no tiene décadas de Mundiales encima. Pero tiene algo que no se compra: identidad. Una identidad hecha de orgullo, trabajo, humildad y ese empuje tan panameño que aparece cuando más se necesita.
La historia de Panamá en los Mundiales no se mide solo en victorias. Se mide en los pasos que dio para llegar. En los pasos que dio para crecer. Y en los pasos que está dando ahora mismo para volver — esta vez, para quedarse.
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